Historias

Una historia de minibus…en Quechua.

Cuando anuncié el desarrollo de mi experiencia en La Paz, dije que contaría historias. Le estuve dando vueltas al asunto porque perdí las anotaciones y grabaciones de audio de donde surge esto. También, porque de alguna forma, estaba buscando la forma de escribir con equilibrio, algo que hasta hoy me hace tocar la cabeza.


A eso de las 9 de la mañana, estábamos llegando a la zona del Cementerio General de La Paz para buscar transporte que nos lleve a Tiwanaku. Una vez llegamos a la cooperativa que se encarga de dar el servicio, nos sentamos a esperar que el minibus se llenara.

Después de esperar en la oficina nos subimos al bus. Una argentina, unos cuantos chilenos, una pareja y una jovencita claramente boliviana. Ya había pasado largo rato que esperábamos para que se llene el minibus y que al conductor le den ganas de partir. A insistencia nuestra y que apareció una joven más, el conductor encendió el minibus y nos fuimos.

Empezamos a charlar inmediatamente con los chilenos y con nuestra nueva amiga argentina. Ya hasta habíamos encontrado conocidos y temas en común. Tan tupida iba la charla, que no nos dimos cuenta que ya estabamos saliendo de El Alto. Tuvimos que buscar un nuevo camino para llegar a Tiwanaku. ¿La razón?

Emp*te #1: Un bloqueo.

Seguido a ello aparecen las comunes injusticias y atropellos de servicios en latinoamérica, el chofer nos quería cobrar más dinero para ir por otra ruta.

Emp*te #2: Viveza Criolla

Todos empezaron a reclamar, menos la joven boliviana. Ella en toda su serenidad y silenciosa presencia, sonríe y nos comenta las diversas razones por las que podrían estar bloqueando. Recién en ese momento le dimos atención a ella.

Maruja es una joven igual que yo, igual que muchos otros que van a leer esto. A sus veintipocos años, unos 1.50 de estatura, mejillas quemadas, piel morena y muchos otras palabras que podrían describir su exterior, es una de las personas que más me enseñó en mi viaje por La Paz.

Ya tenía un título en Educación Superior y ahora estudia Lenguas. Cuando hablamos de conocer nuestro país, nos comentaba que ella conoce Santa Cruz y que le parecía hermoso. Visita esta ciudad del oriente boliviano para estar con uno de sus hermanos que es militar. Maruja era una sorpresa.

Sobre el camino, sube un señor anciano al minibus. Tenía un aguayo en la espalda, el cual dejó caer al piso del vehículo. Tomó asiento y solamente mira a Maruja. Nosotros no existíamos. De alguna forma sentí lo mismo que pudo haber sentido Maruja al subir y nadie conversaba con ella.

Emp*te #3. Me sentí injusto.

Luego de decodificar que no hablaban en español, le preguntamos a Maruja qué idioma estaban hablando. Con la misma sonrisa que ya nos había respondido antes, nos dice: Quechua. En ese momento yo empecé a emocionarme con la oportunidad de aprender algo nuevo. Iniciamos la conversación entre nuestra dulce traductora, dos cambitas y un quechua.

Como dije, perdí mucha información y de tremendamente idiota, no anoté los datos en el travelbook. El señor tenía un nombre muy diferente para mi, su apellido tampoco lo recuerdo. Si recuerdo que tenía los ojos muy rojos pero a la vez eran dulces, su rostro tenía piel gruesa que formaba pliegos demostrando su avanzada edad. Sus manos tenían tierra y la boca llena de coca.

Cuando le preguntamos su nombre nos muestra un documento. Un credencial antiguo que decía que fue presidente de los proveedores de leche de la comunidad donde vive, muy cerca a Laja. Vive solo, lejos de sus hijos. Algunos trabajaron la tierra con el, incluso supimos que algunos de sus hijos no quisieron regresar a ser agrícolas y decidieron mudarse a la ciudad. Es viudo y hasta ese día, trabajaba sólo.

Al decir el nombre de su comunidad, Maruja se sorprendió y empezó a preguntarle cosas en Quechua. Nuestra curiosidad nos llevó a preguntar que hablaban. En un casa donde vive su familia cerca a Tiwanaku, un hombre de la comunidad que el señor mencionaba, entró a robar y se llevó muchas cosas de valor. El señor del aguayo reconoció a la persona, uno de los borrachos del lugar.

Maruja necesitaba ponerse en contacto con las autoridades de aquel sitio. Sacó un bolígrafo para anotar el número del hombre en su mano y recordé mi travelbook (recién). Arranqué una hoja para que anote sobre papel y se lo di. Estábamos creando conexiones.

La charla se tornó más íntima. El señor nos comentaba cómo le molesta que las personas roben, que todo trabajo cuesta pero que trabajar es lo que lo mantiene vivo. Se siente rico, porque para su forma de ver la vida, el es rico. Tiene casa, tiene alimento, formó una familia, vive de la tierra y encima le pagan por ello. Cuida de la tierra como la tierra cuida de el. A ello se suma la experiencia de vida de la hermana de Maruja, quien atraviesa los prejuicios machistas de ser mujer, de origen quechua y estudiante de agronomía.

Hablando de lo que está bien y mal, Maruja habla de la religión. La lleva a decirle al campesino que debería presentarse mejor. Claramente se refería a su aspecto físico. Contaba que ella le enseñaron que uno debe vestirse y estar limpio para agradarle a Dios. El hombre anula esa opinión con su cabeza y le responde con la frase que me hizo escribir esta historia:

”La cabeza es para pensar, no para peinar”

Mi cabello tenía cera, spray de pelo y otras maniobras estéticas con las que lidio desde que decidí cortarlo. Me pateó la existencia con esa frase. Me perdí de la charla y sólo me puse a pensar en cuan diferentes son nuestras vidas. Decidí no juzgarme por la vida que tengo, más allá de eso sentí agradecimiento.

Regresé a la charla y ya había perdido el hilo. Pocos minutos después, el campesino pide al chofer detener el minibus. Maruja se despide de él diciéndole: Chao tío. Ante la duda decidí preguntar porqué le dijo tío si se suponía que no se conocían. Ella me explica que en su cultura, a todo hombre mayor se le debe decir ‘tío’. Que incluso un anciano le debe decir tío a alguien que sabe que es mayor. Estaba cumpliendo su rol de maestra sin darse cuenta que estaba regando en nosotros su cultura y tradiciones.

No pasó mucho tiempo más hasta que ella también bajó del minibus. Tomó su bolso, nos deseó buen viaje, una sonrisa más y bajó. Era la más pequeña que iba entre nosotros, en edad y estatura, más su grandeza me hizo sentir diminuto. Tanto que sentí una terrible vergüenza para pedirle su número o si tenía alguna red social.

Emp*te #4. Perdí una gran amiga.

La forma en la que vivo me lleva  a cuestionarme si ellos están bien. Puede que su concepción de la vida los lleve a tenerme pena o tal vez no existí más para ellos después de ese día. Quizás bajo su percepción de nuestra existencia ellos viven mejor que yo. Me queda esa ambigüedad en la cabeza hasta el día de hoy y no le quiero encontrar una solución.

Sé que su aparición en mi camino, me enseñó mas que varios años estudiando sociología o antropología. Creo que su cultura está llena de sabiduría, al igual que la mía. Ninguno eligió la vida en la que nació.  Si podemos decidir qué hacer con la vida que tenemos ahora, con lo que vivimos y lo que PENSAMOS. Entiendo que una de mis misiones en este mundo no es entender todo, pero si contar todo esto.

Quizás así sepamos que más allá del aspecto físico o del origen de cualquier persona de este planeta tierra, hay un ser humano cargado de la belleza del conocimiento. Y lo podés encontrar en cualquier parte, como en una charla de minibus…en quechua.

Maruja, si algún día lees esto… gracias. 

Doncito, me sigo peinando…pero antes de peinarme lo pienso.

 

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6 Comments

  • Reply
    Elena
    3 junio, 2017 at 20:38

    Bella historia,cargada de una buena enseñanza …..

    • Reply
      Gustavo Lozada
      7 junio, 2017 at 14:33

      Elena, gracias por tu apreciación y visita al blog. Saludos 🙂

  • Reply
    Nelly
    13 junio, 2017 at 21:05

    No creo que sientan pena ni por tu forma de vida, simplemente te toman como vienes, una persona que les sonríe, que habla con quien sea, de donde sea sin prejuicios. A eso yo le llamo sembrar amistad. La amistad sobrevive en la memoria de compartir momentos gratos y de aprendizaje. La vida es un viaje y cada viaje enseña algo nuevo dentro del espejo que somos, vemos lo que tenemos; damos lo que somos. Así que no te pienses que perdiste una amiga, la vida da vueltas y cuando la volvás a ver, estoy segura de que recordarán el momento en que ambos se encontraron y compartieron. 😉

    • Reply
      Gustavo Lozada
      14 junio, 2017 at 10:22

      Este tipo de comentarios de alguna forma llenan mi tanque de combustible para tener más energias y viajar, conocer a estas personas y seguir creando conexiones. Muchas gracias por tus palabras Nelly. Tenés razón, no perdemos, si no ganamos.

  • Reply
    Mimi
    8 julio, 2017 at 16:16

    Definitivamente una historia magica cargada de amor <3 buenísimo tu blog Gus , un abrazo gigante a la distancia

    • Reply
      Gustavo Lozada
      10 julio, 2017 at 18:47

      ¡Mimi!
      Hay amor en espacios donde no nos imaginamos. Gracias por seguirme 🙂

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